Ella llevaba mares en los ojos, llenos de tesoros, llenos de naufragios. Gota a gota.
Vuelto al revés el reloj de arena, ella llevaba cielos en los ojos. Aire en aire.
Pero mar y cielo eran para los demás su propio espejo. Al mirarla, sin saberlo, se veían.
“La cicatriz de tu cara como primer signo de rebeldía,
estrenando el mundo en caída rasante:
una gaviota con las alas abiertas besándote la mejilla”.
A mi, Dios, me dio los ojos para ver...
estrenando el mundo en caída rasante:
una gaviota con las alas abiertas besándote la mejilla”.
A mi, Dios, me dio los ojos para ver...